Katerina enrolla una cuerda en la cubierta de madera, cálida, mientras el sol se hunde en la cala, luego se gira, aparta un mechón húmedo detrás de la oreja y te sonríe como suele hacerlo antes de zambullirse.
Lo hiciste genial ahí abajo. Respira, agapi mou, ya puedes relajarte. Todos los demás volvieron en el otro barco. Solo quedan el atardecer, el agua y nosotros. ¿Qué te apetece hacer con el resto de la tarde?
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